"El mundo está lleno de tías buenas, pero no todas te traen lasagna al trabajo" El Silencioso Bob




El videoclub que llegó del frío (primera parte)
Sábado, 12 de Diciembre del 2009 (12:58:45)
 


La Guerra Fría desde el videoclub.


Parece que fue ayer cuando los telediarios cubrían una de las la noticias más importantes del último cuarto del siglo XX, la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Poco después, la URSS desaparecía como tal y estallaba una lamentable contienda en los Balcanes (en plena Europa) y otra en el Golfo Pérsico.

El fin de la Guerra Fría, para los que fuimos niños o adolescentes en esa época, no entrañó más importancia que el derrumbe de aquel muro pintarrajeado en Alemania; sucesos relacionados que los adultos insistían en catalogar como históricos, cuando lo que nosotros considerábamos con tal etiquetado era más bien la incipiente programación nocturna y erótica en televisión, que eso sí que fue un hito en nuestras vidas.

Pero las cosas habían cambiado y es ahora, mirando atrás, cuando es fácil distinguir cómo la tensión entre las dos grandes superpotencias que emergieron tras la Segunda Guerra Mundial se había colado en nuestras vidas, influenciándolas y hasta condicionándolas un poco. No hace tanto, la amenaza de un holocausto nuclear total era un riesgo a considerar y aunque los chavales de los ochenta no tuvimos que practicar en clase inútiles ejercicios de prevención ante un bombardeo, teníamos muy presente que ahí afuera había dos bandos con poderosos misiles de largo alcance prestos a ser utilizados. Dos potencias que se espiaban entre si hasta la neurosis y la paranoia y que competían por imponer su modelo de gobierno (y negocio) en el resto del mundo.

Donde nos empapábamos sin saberlo del contexto del momento era, por supuesto, en los videoclubs. Y en formato VHS o Betamax constatábamos, con alegre adoctrinamiento reaccionario, que los rusos eran los malos y los norteamericanos los buenos, y que pocas actividades había más divertidas e intensas que jugarse el cuello a un lado o al otro del Telón de Acero, ya fuese como espía, soldado, policía o héroe anónimo a secas.

Hoy y mañana, si os apetece, nos vamos a dar un garbeo por las estanterías de vuestro videoclub clausurado favorito y alquilaremos un buen puñado de cintas que huelen a los últimos años de la Guerra Fría. A vodka y puros habanos, a escuchas telefónicas y carretes de microfilms, a gabardinas mojadas y expedientes con un rojo sello de confidencialidad y, planeando sobre todos estos elementos, el peligro atómico que podía desatarse una mañana cualquiera.


El juego del halcón (The Falcon and the Snowman), de John Schlesinger, 1985.

Timothy Hutton y Sean Penn encarnaban a dos amigos que vendían secretos de estado a los rusos. Mientras que uno de ellos lo hacía como gesto de protesta ante un gobierno intervencionista y manipulador, el otro simplemente se dejaba llevar, necesitado del dinero negro de estas operaciones para sufragar su adicción a las drogas. Los contactos del padre de Chris (Timothy Hutton) posibilitaban que el chico obtuviera un buen empleo en una oficina de la CIA, encargado de supervisar las lecturas de los satélites de comunicaciones.
Dirigida por el eficiente Schlesinger, El juego del halcón es más recordada por la pegadiza canción de David Bowie incluida en la banda sonora original, This is not America, que por otras razones. Y no es justo, porque lo cierto es que nos encontramos ante una película muy correcta, a la que quizás le sobraban algunos minutos de metraje.


70 minutos para huír (Miracle Mile), de Steve De Jarnatt, 1988.

Harry (Anthony Edwards) interceptaba de casualidad a un alto mando del Pentágono comunicando que la Tercera Guerra Mundial ya había empezado. Así, Harry, convertido por el azar en una especie de Casandra contemporánea, trataba de convencer a todo los que le rodeaban del riesgo que corrían al permanecer en una gran ciudad, con escasa fortuna.

Si supieras que dentro de setenta minutos va a llover la muerte desde el cielo, ¿qué harías, a dónde irías y con quién?

Preciosa película que se sustenta sobre una premisa encantadora: los equívocos que podían derivarse cuando se cruzaban líneas en una cabina pública de teléfono. Pero aquí, nuestro hombre no oía una conversación trivial entre amigos o una bronca entre enamorados, sino la terrible confirmación de la mayor catástrofe que podía temer cualquiera en 1988.

Un vibrante largometraje con uno de esos finales honestos y valientes que te dejan clavado en el sofá sin aliento, así que si lo encontráis por la red, no dudéis en rescatarlo del olvido.


Amanecer rojo (Red Dawn), de John Milius, 1984.

A Milius se le iba la pinza del todo y escribía y filmaba esta extraña obra, a caballo entre el cine bélico y las pelis con adolescentes envueltos en una experiencia vital violenta y catártica.

Los rusos invadían Estados Unidos desde el sur del continente con apoyo logístico y militar de los cubanos y unos chicos se veían obligados a lanzarse al monte con sus todoterrenos, sus rifles de caza y sus abrigos de gomaespuma.

Irregular y a ratos absurda, Amanecer rojo al menos disponía de un buen comienzo (esa brutal masacre en un colegio de secundaria por parte de unos siniestros soldados paracaidistas) y un reparto muy atractivo para la época, con rostros tan populares como los de Patrick Swayze, Charlie Sheen, C. Thomas Howell, Lea Thompson y Jennifer Grey.

Lo raro no es que exista una película como esta, al fin y al cabo, un producto de su tiempo (ver serie de televisión Amerika, por ejemplo, de 1987), lo raro es que se hable de un remake. Increíble.


La Casa Rusia (The Russia House), de Fred Schepisi, 1990.

En el convulso Moscú de la Glásnot y la Perestroika, Katya Orlova (Michelle Pfeiffer) era una editora que se jugaba el cuello para hacerle llegar un manuscrito vetado a un afamado escritor extranjero, Barley Scott (Sean Connery).

Este era el punto de partida para una emotiva historia de amor que fue rodada en la URSS antes de la debacle de la misma, convirtiéndose así en la primera película estadounidense distinguida con tal prebenda. El guión adaptado del best-seller de John Le Carré lo llevó a cabo Tom Stoppard. Michelle Pfeiffer trabajó con tanto esmero su acento y ofreció una interpretación tan notable que fue nominada al Oscar en 1991, pero la preciada estatuilla le sería arrebatada por Kathy Bates, en relación a Misery, de Rob Reiner.

La Casa Rusia, con su belleza serena, su excelente música, cortesía de un inspirado Jerry Goldsmith, con su narrativa tan clásica, fue toda una honorable despedida para un viejo orden político y geográfico que se caía a pedazos.


Target: Agente doble en Berlín (Target), de Arthur Penn, 1985.

La madre de Christopher (Matt Dillon) desaparecía en Francia y el chico y su padre, Walter (Gene Hackman), emprendían un viaje por Europa en su búsqueda, que les llevaba de París a Hamburgo y finalmente al Berlín oriental. Chris descubría estupefacto que su progenitor fue un espía en sus años de juventud y por eso un antiguo enemigo pretendía ajustar cuentas pendientes con él.

Entretenido y movido film de acción e intriga, con elementos tan sui géneris como son las persecuciones en automóviles, los tiroteos en entornos urbanos, un asesino que utiliza silenciador, una trama enrevesada y personajes taimados que no son siempre lo que parecen.

Imagen para la posteridad: Gene Hackman cruzando la frontera hacia la República Democrática Alemana para su cita con Schroeder (Herbert Berghof), un agente secreto jubilado.


La zona muerta (The Dead Zone), de David Cronenberg, 1983.

Tras un accidente que casi le costaba la vida, Johnny Smith (Christopher Walken) adquiría un peculiar don: ver el futuro de aquellos a quienes tocaba.

Su nueva facultad le traía más problemas que ventajas, pero todo se complicaba aún más cuando era consciente de que el candidato al Senado Greg Stillson (Martin Sheen) llegaría a presidente y, ante una crisis internacional, propiciaría un incidente nuclear de importancia global.

La adaptación de la novela de Stephen King del mismo nombre eliminaba la paja literaria del grano cinematográfico y enfrentaba al protagonista con la cuestión que mejor resumía uno de los grandes miedos de su tiempo. Porque el problema a finales de los setenta y principios de los ochenta no era saber cuándo comenzaría la hecatombe, sino qué líder asustado, mal aconsejado y desbordado por la presión, sería el que daría la funesta orden de echar a volar todo el arsenal atómico disponible.


Espías sin identidad (Little Nikita), de Richard Benjamin, 1988.

El malogrado River Phoenix era en este thriller Jeff Grant, el hijo adoptado de dos agentes de la KGB en Estados Unidos, Richard (Richard Jenkins) y Elizabeth (Caroline Kava). Roy Parmenter (Sidney Poitier), a las órdenes del FBI, ejercía de protector del chico, en un film que oscilaba entre el melodrama y la acción. Dirigía Richard Benjamin, un realizador también con una rica experiencia como actor.

Espías sin identidad se dejaba ver en una tarde o noche ociosa. Sin embargo, todo lo relacionado con los espías durmientes, un asunto tan atractivo argumentalmente y que podía dar tanto juego, era desaprovechado y liquidado con tosquedad, en aras de construir un doble vehículo de lucimiento al servicio de la veterana estrella que era Poitier y la joven promesa de finales de los ochenta que era Phoenix.


La identidad de Bourne, a.k.a. Identidad perdida (The Bourne Identity), 1980.

Antes de que el soso de Matt Damon interpretara hasta tres veces al amnésico agente secreto de las novelas de Robert Ludlum, existió esta versión protagonizada por Richard Chamberlain. Chamberlain, que enamoró a nuestras madres en El pájaro espino, compartía reparto con Jaclyn Smith, la mítica morenaza Kelly de Los ángeles de Charlie.

La identidad de Bourne era una miniserie para televisión, pero aquí en España se editó en vídeo en uno de esos entrañables estuches dobles que ofrecían más diversión por el mismo precio.

Aunque la nueva trilogía de películas le da un conveniente lavado de cara a los antagonistas del héroe y a las organizaciones a las que éstos sirven, no hay que olvidar que Jason Bourne es un personaje creado al amparo de ese mundo “frío”, tenso y dividido en dos grandes bloques opuestos.


2010: Odisea Dos (2010), de Peter Hyams, 1984.

Peter Hyams tomó las riendas de una de las secuelas más difíciles de la historia del cine, no ya por los desafíos técnicos y artísticos que implica cualquier producción de ciencia ficción de cierta envergadura, sino por la pesada carga que acompañaba a esta producción desde su misma génesis: el parentesco directo con 2001, de Stanley Kubrick. 2010 es una más que digna película de género, pero en realidad está en este recopilatorio por una de las subtramas que se desarrollaba en ella.

Soviéticos y estadounidenses aunaban esfuerzos para una expedición a Júpiter, con el objetivo de averiguar qué había sucedido con el Discovery. A medida que la misión avanzaba, los astronautas recibían mensajes de sus respectivos gobiernos que no ayudaban a la hora de aligerar tensiones a bordo. Y es que mientras en la Leonov la tripulación mixta debía solventar los imprevistos del viaje dejando atrás sus ideologías y alineamientos políticos, a millones de kilómetros de distancia, en La Tierra, la situación era peliaguda, y las dos superpotencias rivales estaban a un pequeño y fatal instante de declararse la guerra.


Danko: Calor Rojo (Red Heat), Walter Hill, 1988.

Un musculado Arnold Schwarzenegger interpretaba a Ivan Danko, un duro y hosco policía ruso que perseguía a unos delincuentes desde su país hasta Chicago. Allí, le era asignado como compañero el detective Art Ridzik (James Belushi) y juntos debían trabajar en el caso, en esta mezcla de film de acción y buddy movie que a mí personalmente nunca me convenció del todo, por muchos tiros explosiones y chistes malos que se sucedieran, y pese a estar Walter Hill en la dirección.

Pero era un clásico de videoclub absoluto, y Danko conformaba el estereotipo admirado y fantasioso que todos teníamos de un agente del orden de la vieja URSS: un regio ex-militar, entrenado para matar de mil formas distintas, implacable, incorruptible y de físico imponente.

Mañana fin del repaso con la presencia de Mr. Bond y los siempre necesarios Chuck Norris y Dolph Lundgren entre otros.

 
 

     
     
     

Re: El videoclub que llegó del frío (primera parte)
  por chicopsicotico el Domingo, 13 de Diciembre del 2009 (7:47:49)
Me ha encantado el articulo!

Re: El videoclub que llegó del frío (primera parte)
  por Insanus el Lunes, 14 de Diciembre del 2009 (12:22:56)
Un placer que te gustara.

 
 












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