
La amenaza del botón rojo a través del VHS. Abordamos el segundo repaso de films con tramas basadas en el contexto del telón de acero. Para empezar fuerte el ínclito
Chuck Norris.
Invasión U.S.A. (Invasion U.S.A.), de Joseph Zito, 1985.
Contundente pelotazo de videoclub, el que nos ocupa.
Con similar tema de arranque que
Amanecer Rojo, pero muchísimo más llana, ligera (aquí no había un ápice de solemnidad, ni mensaje o discurso alguno) y divertida,
Invasión U.S.A. era el ejemplo modelo de las producciones de la
Cannon a mediados de los ochenta. Cine de mediano presupuesto y de consumo inmediato, pensado con un ojo en las salas de cine y el otro en los restantes canales de distribución: televisión, alquiler en vídeo y venta directa.
Matt Hunter (
Chuck Norris) era el héroe que salvaba a
Estados Unidos de una soterrada conspiración comunista para desestabilizar el país desde dentro mediante atentados y sabotajes. Y lo lograba a base de balas, patadas y puñetazos. Una delicia.
No hay salida (No way out), de Roger Donaldson, 1987.
El oficial de la
Marina Tom Farrell (
Kevin Costner) se veía envuelto en una caza de brujas pergeñada por el
Secretario de Defensa David Brice (
Gene Hackman).
Brice, que en un arrebato de celos había matado a su amante,
Susan Atwell (
Sean Young), en realidad buscaba una cabeza de turco que cargara con su crimen. Para ello, no dudaba en asegurar que había un topo, un espía soviético, en el
Departamento de Defensa.
Farrell, encargado de la investigación interna y acorralado por una prueba circunstancial que le incriminaba, luchaba contrarreloj para demostrar su inocencia.
No hay salida era un vertiginoso y colosal
thriller (remake de
The Big Clock, de John Farrow) con todos los ingredientes necesarios para mantener en vilo hasta al espectador más reticente. Y figura en este listado por el componente paranoide y obseso de su argumento: el miedo a que un perfecto informador de los rusos se colara en un alto puesto del sistema militar o administrativo del gobierno norteamericano.
El cuarto protocolo (The Fourth Protocol), de John Mackenzie, 1987.
Pierce Brosnan, que por aquel entonces triunfaba en la serie de televisión
Remington Steele, intentaba afianzar su carrera en la pantalla grande interpretando a un agente secreto de la
KGB con la misión de montar y detonar una bomba atómica en una pequeña localidad costera de
Gran Bretaña, situada cerca de una base militar. El plan (nombre en clave
Aurora) consistía en desatar una crisis que desembocara en la desaparición de la
OTAN.
Valeri Petrofsky (
Pierce Brosnan) resultaba ser un decidido y despiadado profesional, dispuesto a asesinar a cualquiera que se interpusiera entre él y su objetivo.
John Preston (
Michael Caine) era el oficial inglés que le seguía la pista en esta adaptación de la novela de
Frederick Forsyth de
1984.
Firefox, El arma definitiva (Firefox), de Clint Eastwood, 1982.
Clint Eastwood dejaba aparcado por un tiempo sus
westerns y su cine de acción más habitual para embarcarse en esta exótica producción, un combinado entre el
techno-thriller y las películas de espías de siempre.
Firefox era un caza de combate, un asombroso prototipo diseñado por los rusos. El ingenio alcanzaba
Match 5 de velocidad, era indetectable a los radares y estaba dotado con un armamento controlado mediante una
interface telepática. El ejército que poseyera Firefox dominaría los cielos.
Mitchell Grant (
Clint Eastwood), un piloto de élite norteamericano, se infiltraba en
Moscú (ataviado con un disfraz ridículo de hombre de negocios) y, con la ayuda de una célula de insurgentes, procuraba robar el reactor y llevarlo hasta una base de la
OTAN.
Que no os engañe la sensación positiva y la promesa de jolgorio que transmite este cartel tan molón, con
Eastwood a lo
Luke Skywalker y detrás el aspecto futurista de un
MIG-29 modificado con alerones extra; revisé este largometraje para comentarlo con propiedad y lo mejor que puedo deciros es que no me dormí de milagro.
El hombre del zapato rojo a.k.a. El hombre con un zapato rojo (The Man with One Red Shoe), de Stan Dragoti, 1985.
También hubo comedias que explotaban el lado humorístico del cine con agentes secretos de por medio, en la línea de la veterana y entrañable
Superagente 86 (Get Smart), creada por
Mel Brooks.
Antes de que
Tom Hanks fuese el premiadísimo y popular actor de nuestros días y no el típico cómico norteamericano que nos sonaba de haberlo visto en alguna peli, participó en una serie de títulos simpáticos y familiares, omnipresentes en nuestros videoclubs.
El hombre del zapato rojo es de esa etapa suya más temprana, entre
Splash y
Big, y en ella interpretaba a
Richard Harlan, un músico tan atolondrado que era capaz de calzarse con zapatillas de distinto color y salir a la calle sin ser consciente de ello. Este era el detonante para que la
CIA confundiera a
Harlan con un peligroso espía y se propiciara una serie de enredos,
gags y equívocos en la tarea aparentemente sencilla de neutralizarlo y detenerlo.
Espías como nosotros (Spies Like Us), de John Landis, 1985.
John Landis, con permiso de
Tres amigos y
Oscar, aunque me consta que tiene sus fans y sus defensores.
Chevy Chase nunca he terminado de verlo, pero
Espías como nosotros era otro de esos films que tomaba como
leitmotiv el escenario geopolítico de los últimos años de la
Guerra Fría.
Emmet (
Chevy Chase) y
Austin (
Dan Aykroyd) eran dos torpes funcionarios de la administración
Reagan escogidos como distracción para los servicios de inteligencia soviéticos. Mientras la verdadera operación secreta se desplegaba y desarrollaba, estos dos hombres de paja intentaban desviar la atención con sus gansadas de aficionados.
La caza del Octubre Rojo (The Hunt for Red October), John McTiernan, 1990.
Marko Ramius (
Sean Connery), el capitán del
Octubre Rojo, un poderoso submarino nuclear dotado con lo más puntero en tecnología de camuflaje e invisibilidad, desertaba con un grupo de oficiales afines a su causa.
Jack Ryan (
Alec Baldwin), el intrépido agente de la
CIA creado por
Tom Clancy para sus novelas, era uno de los que perseguían a
Ramius y su nave, en una producción a caballo entre el cine bélico de combates marítimos (esos torpedos, esas medidas defensivas, esos radares detectando una colisión inminente y esos periscopios) y la acción.
Junto con
La Casa Rusia,
La caza del Octubre Rojo fue una de las últimas películas cuyo
background argumental apuntaba hacia las maneras y conflictos que estamos tratando en esta galería.
Red Scorpion (Red Scorpion), de Joseph Zito, 1989.
Joseph Zito regresaba a lo que mejor sabía hacer con
Red Scorpion, uno de los grandes
hits de
Dolph Lundgren, anterior a
El ángel de la muerte.
El rubio hercúleo de
Rocky IV volvía a interpretar a un ruso (hay que admitir que sus rasgos suecos y su impresionante condición física le venían como anillo al dedo para esta clase de papeles), esta vez un oficial del ejército, el teniente
Nikolai Rachenko, enviado a un ficticio país africano para sofocar el movimiento anticomunista que amenazaba con derrocar al gobierno local. Allí,
Rachenko tomaba conciencia de las injusticias que se estaban produciendo y cambiaba de bando para ayudar a los rebeldes.
El personaje de
Lundgren es un arquetipo dentro de otro: la perfecta herramienta de matar soviética, formada y adoctrinada bajo la tutela y los preceptos de la
URSS, que demuestra un corazón noble y compasivo. En otras palabras, el “rojo” malo que resulta ser bueno. Y la película, un festival cruento como otro cualquiera, sin más pretensiones que las de entretener a su público.
Jumpin´ Jack Flash… ¡Y arranca la aventura! (Jumpin´ Jack Flash), de Penny Marshall, 1986.
Además de inteligente vehículo de lucimiento para
Whoopi Goldberg, que gozaba de un gran éxito en aquel momento por
El color púrpura, de
Steven Spielberg,
Jumpin´ Jack Flash era una dinámica comedia con tintes de suspense que tomaba como desencadenante de la trama una casualidad más que plausible.
Terry Dolittle (
Whoopi Goldberg), una operadora de banca, recibía en su computadora un mensaje de un espía británico del
MI6, atrapado al otro lado del
Telón de Acero. El misterioso sujeto, que atendía al
nickname de
Jack, pedía ayuda a
Terry, y establecía con ella un vínculo de amistad que no tardaba en tornarse más íntimo.
A los chicos de la época nos alucinaba todo el componente informático y
protointernetero del argumento (esos ordenadores de hipnóticos monitores de fósforo verde, ¡y conectados en red!) y a las chicas les encandilaba el aspecto romántico y humorístico de la historia. Como decía, una película muy astuta, diseñada para gustarnos a todos.
El día después (The Day After), de Nicholas Meyer, 1983.
Para los más jóvenes,
El día después les transportará, en un primer pensamiento reflejo, al programa deportivo de
Canal+, pero en su fecha de exhibición, este sensiblero melodrama levantó ampollas y puso a debate la angustiosa problemática de una
Tercera Guerra Mundial (insisto, una posibilidad real a principios de los ochenta, por mucho que los expertos en crear opinión calmaran los ánimos asegurando la improbabilidad de tamaña desgracia). Mucho se escribió y se dijo, a raíz de este telefilm, sobre la necesidad de frenar y desmantelar la capacidad destructiva de los países con armamento termonuclear.
En
España,
El día después se estrenó en cines y tuvo más tarde un pase en
TVE, en horario de máxima audiencia. En el recuerdo, los protagonistas perdiendo el pelo por los efectos de la radiación, una de esas secuencias grabadas en la memoria de toda una generación.
Anexo: Bond, James Bond

El incombustible agente secreto creado por
Ian Fleming en
1952 merecería un texto aparte, pero os lo traigo a modo de coletilla final porque personifica en sí mismo toda una respuesta ficticia a confabulaciones e intrigas propias del siglo pasado.
La imagen de
Roger Moore es premeditada.
Moore fue el
Bond más fantasioso y celebrativo, el de los
gadgets más delirantes, encarando en sus aventuras a megalómanos señores del crimen y a organizaciones malignas cuyas férreas jerarquías, personal subordinado (esos esbirros sin voluntad) e intenciones recordaban al sector más oscuro del bloque comunista.
Los títulos más representativos:
La espía que me amó,
Moonraker,
Panorama para matar,
Sólo para sus ojos y
Octopussy.
Ya nada es lo que era, amigos. Ahora, los villanos de
“El Eje del Mal” (que es pura novelita
pulp este epíteto tan dramático) se esconden en cuevas y beben té con menta. Nos preocupa más el medio ambiente y los calendarios agoreros de los mayas (esos indígenas que iban en taparrabos contando estrellas) que una guerra atómica. Los chinos han comprendido que la mejor estrategia para dominar el mundo es olvidar el
Libro Rojo de Mao e inundar el mercado de plásticos y tecnología barata. La
Madre Rusia languidece decadente, perdiendo provincias satélite a cada lustro que pasa. Y lo peor de todo:
los espías de la vieja escuela escriben autobiografías y memorias; mientras, los jóvenes cachorros se pasan al sector privado, donde se paga con dinero y no con la satisfacción patriotera del deber cumplido.
Pero nos quedan para el recuerdo las películas, los libros, las series de televisión y los cómics. Y nos vemos en los comentarios, porque seguro que me he dejado importantes largometrajes sin reseñar y será un placer hablarlo con vosotros.